Mi apreciado lector:
¿Recuerda usted aquella etapa de la historia en la que se creía que la Tierra era plana? El miedo habitaba en los rincones más profundos del alma de quienes se aventuraban a navegar los mares, convencidos de que, al alcanzar el horizonte, sus embarcaciones caerían en un abismo infinito.
Y cuenta la historia que entonces apareció un hombre llamado Cristóbal Colón. Basándose en sus observaciones y en la información que había recopilado, se atrevió a decirle a todos que estaban equivocados: la Tierra no era plana, sino redonda. Pero no se conformó con afirmarlo; decidió demostrarlo más allá de toda duda razonable. Para ello logró convencer a otros de acompañarlo en una empresa que muchos consideraban una locura, incluyendo a quienes financiaron su expedición. Así emprendió un viaje que cambiaría para siempre el rumbo de la humanidad.
Cristóbal Colón arriesgó su vida y la de sus marineros para demostrar que más allá de los rumores existían la observación, la evidencia y la verificación de los hechos.
Paradójicamente, era la misma humanidad que defendía una supuesta verdad construida sobre la repetición constante de una idea jamás comprobada, sostenida únicamente por el miedo y la ignorancia.
Sin embargo, en el llamado mundo moderno, parece que hemos regresado a la era del rumor; a la época del ruido ensordecedor y de las ideas repetidas sin fundamento. Por eso, cada vez que me encuentro con alguna de esas “verdades virales”, no puedo evitar preguntarme: ¿en qué momento comenzamos a retroceder? ¿En qué momento empezamos a involucionar?
Como seres humanos poseemos una capacidad extraordinaria que nos distingue: podemos recopilar información, analizarla críticamente y construir, a partir de ella, nuestras propias conclusiones. Esa facultad de investigar, reflexionar y decidir constituye uno de los mayores logros de nuestra evolución.
Por ello, el hecho de que una idea se vuelva viral no significa que sea correcta; tampoco que sea verdadera. La razón no pertenece a quien hace más ruido. Es así de simple.
Que la desinformación, repetida por miles de voces, no nos haga perder aquello que nos ha permitido avanzar como civilización: la capacidad de pensar. Cuestionemos todo. Reflexionemos antes de compartir información. Contrastemos los hechos antes de convertirnos en un eslabón más de la cadena de la desinformación. No permitamos que una multitud desinformada le gane la batalla a la razón.
La inteligencia no se mide por la cantidad de seguidores, de reacciones o de «me gusta». Por eso le pregunto: ¿es usted uno de esos aventureros dispuestos a cruzar el mar del conocimiento y la reflexión, o prefiere permanecer entre quienes repiten sin comprobar?
En lo personal, prefiero creer que atreverse a pensar sigue siendo una de las mejores formas de contribuir a un futuro mejor para la humanidad.